Escribo estas líneas a quien le interese y con mi mayor respeto.
Mi nombre es María del Carmen y hace poco más de 4 meses que me diagnosticaron enfermedad celíaca. Desde ese diagnóstico mi vida cambió un poco… bastante, y como prefiero mirar el vaso medio lleno (y no el vaso medio vacío), me animo a decir con confianza, que muchas cosas cambiaron para bien.
Te cuento que yo soy católica, de esas que van a misa todos los domingos y también muchas veces durante la semana. Es importantísimo para mí y me llena de gozo acercarme a comulgar para recibir a Jesús Sacramentado.
Pero de repente se me presentó un conflicto… ¿Cómo comulgar siendo celíaca?
La Iglesia Católica, que es Maestra y tiene una doctrina, sostiene y fundamenta que no se puede utilizar en la celebración de la Misa una hostia no hecha con trigo (es decir, una hostia sin gluten). Por lo tanto se excluye la posibilidad de celebrar la eucaristía con formas sin nada de gluten, elemento éste considerado esencial para la panificación. (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta circular "Queso Dicastero").
Comprendo esta disposición y la acepto.
Pero me pregunto… ¿quiere decir eso que los celíacos no podemos comulgar?
¡No! ¡De ninguna manera! ¡Claro que podemos comulgar! Porque esa misma Iglesia que además es Madre y en su abrazo maternal comprende a cada hijo en su particularidad, me permite y permite a todos los celíacos “comulgar bajo la sola especie del vino” (Código de Derecho Canónico 925) para que no nos sintamos excluidos del banquete que significa cada Eucaristía y del acceso a la comunión eucarística sacramental.
En mi caso me acerqué al sacerdote de mi comunidad parroquial y le hablé sobre mi enfermedad expresándole mi deseo de comulgar. Y él comprendió y dispuso todo para que yo pudiera comulgar. Por eso desde mi diagnóstico ya no recibo la hostia sino que comulgo bajo la sola especie del vino que es la Sangre del mismo Cristo, mi Señor y Salvador.
Fue así: mediante el diálogo con el sacerdote, éste aceptó disponer de un segundo cáliz en el que se consagra sólo vino y no se hace en él ni partición del Pan eucarístico (es decir que no pone ningún pedacito de la hostia) ni “intinción” del Pan (es decir que no moja la hostia en el vino). Incluso no está de más considerar el utilizar un purificador (el trapito blanco que se usa para limpiar el cáliz) limpio y exclusivo para el uso del celíaco, distinto del que usa el sacerdote.
Un dato útil: estas recomendaciones que están llenas de sentido común, fueron aprobadas y comunicadas por el Obispo de la Diócesis de San Justo (Bs. As.) a sus sacerdotes. Ver enlace >>
¿Y porqué tantos cuidados? ¿Porqué no consumir la hostia normal o de bajo contenido de gluten? Es simple: porque la hostia está hecha con harina de trigo, es pan y tiene gluten, y el gluten para mí y todos los que tenemos esta enfermedad, es perjudicial y nos enferma. Y sabemos que a pesar de lo que digan algunas personas (incluso algunos celíacos) esta enfermedad no se cura sino que se trata, y hay un solo tratamiento posible: la dieta sin nada de gluten.
Yo valoro los esfuerzos que ha demostrado la Iglesia por hacer “hostias para celíacos” con “bajo contenido de gluten”, aunque en lo personal, prefiero no consumirlas, porque las hostias preparadas para estos casos no dan la seguridad total de la no afectación ya que sabemos que nuestro cuerpo enfermo no distingue entre poco o mucho gluten: sólo distingue “gluten” y tiene un solo modo de reaccionar ante su presencia: se enferma (sea poco o mucho, tengas síntomas o no los tengas).
Pensalo… si hacés la dieta sin gluten, con tantas renuncias, esfuerzos y sacrificios, pero en cada Misa consumís el gluten de la hostia, estás faltando a tu tratamiento y te estás enfermando. No creo que Jesús quiera eso para nosotros.
“Yo te animo” a que “te animes” a acercarte con confianza al sacerdote y a dialogar con él para que se pongan de acuerdo. Luego de presentarte una vez con él, sólo necesitás antes de cada misa avisarle que llegaste y que tenés deseos de comulgar (eso sí, tenés que ir unos minutitos antes). Quizás las primeras veces te pase, como a mí, que no te resulte fácil, que tengas que esforzarte por explicar cosas sobre la enfermedad o que te dé vergüenza comulgar distinto del resto, pero tenés que hacer lo que es mejor para vos y para tu salud sin renunciar a aquello que es tan sagrado para los que profesamos la fe católica: recibir a Cristo vivo y presente en el Sacramento del Altar. Incluso quizás lleve más de unos minutos entenderse, quizás alguna vez se “olviden” de vos, pero no dejes de insistir, de explicar y de pedir, no un favor, sino una excepción que está considerada en las “leyes” de la Iglesia Católica y que no es ninguna vergüenza así como tampoco ningún privilegio.
Por eso, te repito, no comulgues con la hostia; acercate a comulgar sólo con el vino consagrado. Si compartís mi fe y mi sentir, sabés que Jesús está plenamente presente, Vivo y todo entero tanto en el Pan como en el Vino consagrados y él también quiere lo mejor para vos, que te cuides y seas prudente, que te ames y vivas feliz.
Así, mi ejemplo y tu ejemplo, podrían servir a otros que se han alejado de la Iglesia por no estar bien informados y animar a toda la comunidad eclesial a generar una actitud de sincera acogida y de compresión amorosa que haga patente la sensibilidad maternal de la Iglesia con todos los enfermos celíacos.
Por último, yo creo y siento que de la relación íntima y personal con Jesús se llena mi alma y mi vida de amor, fortaleza y esperanza para vivir con fe cada momento, incluso esta enfermedad que me acompañará toda mi vida, porque tengo la certeza de saberme mirada, amada, acompañada y sobre todo “alimentada” por el Dios del Amor y de la Vida.
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